20 de diciembre de 2009

Entropia emocional


Todas las mañanas Roberto deseaba no despertar. Daba vueltas durante algunos minutos, que para él significaban eternidades inútiles, justificando y buscando el motivo de su existencia en el mundo. Cada mañana era enfrentarse a discusiones metafísicas.
Estaba mal consigo mismo. No había hecho las paces desde su último enojo con su ser más profundo. ¿Autoexigencia o decepción? Perdona a todos, excepto a EL: ese ser repugnante, vil, bajo, perezoso, inútil, que se esconde detrás del rostro. Lo odiaba con toda la intención. Deseaba matarlo y , en noches de insomnio planificaba como llevar a cabo su plan sin levantar la menor sospecha.
Una madrugada de invierno se decidió. Hace tres meses que repasaba cada angustioso y a la vez placentero detalle. EL no esperaba nada, realizaba cada acción rutinaria dormido. El momento elegido sería en diez minutos, cuando EL entrara en el baño y procediera a lavarse los dientes. Allí lo ahogaría con una parte de la cortina que cubre la ducha, era fácil, cubriría su cara y luego enroscaría una cinta para embalaje alrededor del cuello delimitando el aire a consumir.
Miró de reojo, EL ya estaba levantado, pues no había rastros de figura humana en la cama. Apelo al potencial de todos sus sentidos, y con un esfuerzo logro contextualizarlo. Llego el momento de ir al baño. Dentro lo distinguió clarísimo, se ubicaba frente al espejo con esa cara estúpida que pone la gente vanidosa cuando deforma el reflejo de su imagen. Le tapó la cabeza, EL forcejeó hasta tirar el lavatorio y destrozarlo en el piso. No pudo enroscarle con la cinta, ya que había rodado hasta la cocina. Sin embargo en momentos de urgencia o peligro, el cerebro responde más rápido a lo normal y de esta forma decidió completar su crimen liberatorio en la tina, preparada con agua hasta la mitad.
Logro tirarlo dentro, le pego hasta que la sangre tiño y decoro los hermosos azulejos. Finalmente EL se resignó. Fue una intensa lucha. No como lo planeado, pero resultó: le enseñaron que la acción se juzga por los resultados que provoque. EL estaba bien muerto.
Se paro, se seco, se limpio, se vistió. Ya no reconocía su casa. No sabia donde guardaba el café, ni el azúcar, ni la corbata, ni el perro, ni su moto. Al salir del baño, entró en un mundo paralelo en el cual nada le pertenecía. Se oyó al perro ladrar.
Cuando abrió el portón, este se abalanzo y lo comenzó a morder desesperado. Y era lógico: su dueño estaba bañado en sangre, podía olerlo y esta persona era el único culpable.
Roberto no lo previó. Y n pudo hacer nada. El perro de EL, con hambre de tres meses, devoro el cadáver en cinco minutos.

En los diarios y canales amarillistas apareció la noticia:
¡Macabro episodio! Pibe se mata y su perro lo come.

24 de octubre de 2009

ana-esta-muerta


Tal vez Ana necesita convencerse que esta muerta.


Por eso, siempre usa el cristal negativo para contemplar al mundo.
Promulga y promueve la muerte como única opción de vida. Contagia a todos los que la rodean, y estos al darse cuenta de la gran influencia que ejerce en sus vidas, se alejan de ella sin explicación. Y Ana no entiende.

Usa este abandono como una tragedia bonita más para colgar en su repisa de angustias. Una a una, las lustra, ya sea en voz alta durante una conversación cualquiera (vaya capacidad para conectar un puente invisible desde el más insólito tópico hasta SUS tragedias), o simplemente recordándolas con el máximo detalle hasta sentir que no siente nada por ese recuerdo vulgar.

Sin embargo cuando el pasado no alcanza, siempre se puede sufrir con el presente; hacerse devota de una rutina suele ser la más alienante, claro que de la persona depende el amplio espectro de posibilidades.

Cosa curiosa o evidente es la inexistencia del futuro (aún más muerte).Así punk, nihilista, conformista; se forman soldados descontentos y temerosos que mantienen la estructura que "deba" mantenerse en la temporalidad de su época.

Ana quiere ayuda, pero Ana espanta a las personas. Aun así a los tercos y ambiciosos, esos seres que no paran hasta ver realizado su fin (maquiavélico o no), terminan por abandonar el juego; absorbidos y mirando desde el abismo.

ANa te invita a saltar al vacío,
pero ANa no cae contigo, ANa
te mira desde arriba.

Y te cuelga en SU repisa.

¡Pero no temas! te lustrará todos los dias.