
Todas las mañanas Roberto deseaba no despertar. Daba vueltas durante algunos minutos, que para él significaban eternidades inútiles, justificando y buscando el motivo de su existencia en el mundo. Cada mañana era enfrentarse a discusiones metafísicas.
Estaba mal consigo mismo. No había hecho las paces desde su último enojo con su ser más profundo. ¿Autoexigencia o decepción? Perdona a todos, excepto a EL: ese ser repugnante, vil, bajo, perezoso, inútil, que se esconde detrás del rostro. Lo odiaba con toda la intención. Deseaba matarlo y , en noches de insomnio planificaba como llevar a cabo su plan sin levantar la menor sospecha.
Una madrugada de invierno se decidió. Hace tres meses que repasaba cada angustioso y a la vez placentero detalle. EL no esperaba nada, realizaba cada acción rutinaria dormido. El momento elegido sería en diez minutos, cuando EL entrara en el baño y procediera a lavarse los dientes. Allí lo ahogaría con una parte de la cortina que cubre la ducha, era fácil, cubriría su cara y luego enroscaría una cinta para embalaje alrededor del cuello delimitando el aire a consumir.
Miró de reojo, EL ya estaba levantado, pues no había rastros de figura humana en la cama. Apelo al potencial de todos sus sentidos, y con un esfuerzo logro contextualizarlo. Llego el momento de ir al baño. Dentro lo distinguió clarísimo, se ubicaba frente al espejo con esa cara estúpida que pone la gente vanidosa cuando deforma el reflejo de su imagen. Le tapó la cabeza, EL forcejeó hasta tirar el lavatorio y destrozarlo en el piso. No pudo enroscarle con la cinta, ya que había rodado hasta la cocina. Sin embargo en momentos de urgencia o peligro, el cerebro responde más rápido a lo normal y de esta forma decidió completar su crimen liberatorio en la tina, preparada con agua hasta la mitad.
Logro tirarlo dentro, le pego hasta que la sangre tiño y decoro los hermosos azulejos. Finalmente EL se resignó. Fue una intensa lucha. No como lo planeado, pero resultó: le enseñaron que la acción se juzga por los resultados que provoque. EL estaba bien muerto.
Se paro, se seco, se limpio, se vistió. Ya no reconocía su casa. No sabia donde guardaba el café, ni el azúcar, ni la corbata, ni el perro, ni su moto. Al salir del baño, entró en un mundo paralelo en el cual nada le pertenecía. Se oyó al perro ladrar.
Cuando abrió el portón, este se abalanzo y lo comenzó a morder desesperado. Y era lógico: su dueño estaba bañado en sangre, podía olerlo y esta persona era el único culpable.
Roberto no lo previó. Y n pudo hacer nada. El perro de EL, con hambre de tres meses, devoro el cadáver en cinco minutos.
En los diarios y canales amarillistas apareció la noticia:
¡Macabro episodio! Pibe se mata y su perro lo come.